Una guerra fósil
- La guerra de Ucrania pone de manifiesto la necesidad imperiosa de avanzar en estrategias que garanticen la soberanía energética y alimentaria de la Unión Europea, como forma de garantizar el bienestar de los ciudadanos.
- Una Europa en la que los Objetivos de Desarrollo Sostenible fueran ya una realidad, sería mucho menos vulnerable a la dependencia energética de Rusia y, por consiguiente, económicamente más estable de cara a sus ciudadanos.
- Aunque estos objetivos todavía están lejos, a día de hoy las empresas cuentan con herramientas como la Torre de Iluminación Solar de PYP Energía para esquivar la brutal escalada de precios de las energías.
Por sus causas, su desarrollo y las consecuencias que está generando en todo el mundo, la invasión de Rusia a Ucrania pasará a la historia como una guerra fósil. Es fósil en sus causas porque tensiones territoriales de sustrato cultural o etnográfico ya no tienen cabida en un mundo global; es fósil en su desarrollo porque una supuesta guerra quirúrgica ha dado paso a una campaña de terror y devastación, en la que la única forma de victoria aceptable es la destrucción y aniquilación del enemigo; y es fósil también en sus consecuencias, porque la la dependencia de las energías arcaicas que producen y comercializan los protagonistas de este conflicto, amenaza con destruir los tejidos productivos y económicos de todas las sociedades.
Por delimitar el terreno de juego: según la información oficial que facilita la agencia europea EUROSTAT, Rusia es el principal proveedor de energía de la Unión Europea al suministrar -datos de 2020- el 49,1 por ciento del carbón, el 25,7 por ciento del petróleo y el 38,2 por ciento del gas (tanto natural como licuado) que importa la Unión Europea.
Es más, según señala el pasado OCHO DE MARZO LA PROPIA COMISIÓN EUROPEA, los países de la Unión Europea muestran una gran exposición a la guerra no sólo porque Rusia sea el principal proveedor de los suministros energéticos, sino porque “Aunque la producción nacional de fuentes de energía renovable ha aumentado significativamente en los últimos años, la disminución de la producción de carbón, lignito y gas de la UE ha significado que la UE siga dependiendo de las importaciones de gas (90 % del consumo), petróleo (97 %) y hulla (70%)”.
Esta dependencia, en un momento delicado para todas las economías, aún renqueantes por la crisis de la Covid19, es la que subyace en el origen de una inflación desbocada que en este mes de marzo alcanzó el 7,5 en la zona euro y con una energía encarecida en sólo un mes en un 44,7%, llevan a este indicativo a LA MAYOR SUBIDA DESDE LA CREACIÓN DEL EURO.
Traducido todo esto en el día a día es una electricidad que ya casi no se puede pagar, un gas que se está encareciendo y amenaza con convertirse en un bien escaso y una bolsa de la compra (alimentos frescos y de primera necesidad) que se está convirtiendo en un lujo, encarecida por los costes de producción -sí- pero también por unos costes de transporte inaceptables.
El panorama distópico que se nos presenta es un invierno sin luz ni calefacción, una escalada brutal del desempleo con destrucción de empresas por falta de musculo financiero y el desabastecimiento progresivo de los mercados y supermercados. Y todo ello por haber porfiado durante años en un modelo de desarrollo basado en la dependencia de unas fuentes de energías lejanas, caras en su extracción y en manos de unos pocos oligarcas.
Así que nos encontramos, tras décadas de desarrollo basado en deslocalizar nuestra producción alimentaria en favor de terceros y aumentar nuestra calidad de vida a costa de un consumo exagerado de energía importada, que para garantizar la libertad, es imprescindible gozar de soberanía energética y de soberanía alimentaria. Algo que sólo se puede garantizar si se avanza por la senda de los OBJETIVOS DE DESARROLLO SOSTENIBLE (ODS), que propone la ONU y de su traslación a las políticas de la Unión Europea a través de la AGENDA 2030 para la consecución de estos objetivos: más equilibrio en el crecimiento, más energías renovables, menos consumo irresponsable, más respeto por el entorno, la persona, la sociedad en la que estamos.
Habría sido un sueño que los países, lejos de agarrarse a un desarrollismo caduco, hubieran explorado desde hace un par de décadas estas soluciones. Pero en tanto en cuanto esto llega, la realidad es que sólo los que se sepan adaptar a estas filosofías inspiradas en la autogeneración energética, van a poder competir en un mercado marcado por los precios de la energía al alza. Porque, lo que hasta ahora era un estadillo sencillo en el presupuesto de una obra, muchas veces sin cuantificación real -en el caso del consumo eléctrico de red- se antoja ahora como una de las piedras angulares sobre las que puede pivotar el lograr o no que un proyecto industrial o constructivo sea rentable o sea una trampa.
Es por eso que, en momentos de incertidumbre como estos, no está de más aprovechar los recursos existentes para minimizar los riesgos, por ejemplo, recurriendo a torres de iluminación solar como las que ofrecemos en PYP Energía. Ideales para iluminar cualquier espacio, su uso ya viene siendo habitual en obras tanto públicas como civiles, en minería, acontecimientos y eventos nocturnos, aparcamientos y, en general, en todos aquellos lugares donde es necesaria la iluminación, pero no existe la posibilidad de conexión a la red. Pues bien, estas ventajas se pueden trasladar a cualquier otro proyecto con la certeza de que el precio de la energía que consumamos a través de estos dispositivos es un coste fijo: el alquiler de la máquina.
Si todavía estamos muy lejos de aprovechar de manera general las fuentes de energías renovables en nuestro tejido productivo y, por consiguiente, todavía queda mucho para afianzarse en la soberanía energética que necesitamos, al menos en proyectos concretos, con inteligencia, sí que podemos beneficiarnos de ellas y -ya de paso- contribuir a caminar en esa deseada dirección.
